Feliz noche gente de Erotika, mil miradas, se nos vino el 2015 y aun no posteamos nada así que los dejo sin más pre-ambulo con este sensual relato corto de Annabell M. Freyle, escritora Samaria, y estas hermosisimas fotografías de Andrea echeverry realizadas por este servidor para ErotiKa 2014 en la Casa Campo Serrano....porque la mayoría de las veces, las barreras del alma son mas fuertes que el hierro y la forja.
Aroma De Ángeles
Por Annabell M. Freyle
Era el día en que Ángeles
daría la primera clase a su nuevo alumno. El padre del estudiante la llamó un
día antes prometiéndole un sueldo generoso por enseñarle a leer. Ese día
llevaba una falda larga a la cintura y una camisa blanca de arandelas rococó.
Llegó entaconada y cubierta de esa dignidad de maestra que suelen llevar los
educadores serios el primer día de clase, para no dar una impresión de laxitud
en el carácter.
El padre la recibió con una sonrisa amable. La casa era toda una calidez, muebles y decoración antigua. Un pasillo impecable con retratos y cuadros paisajísticos. El aroma de la habitación anterior le hizo traer a su mente un pensamiento sensual de manera instantánea.
-Eres tal como te necesitábamos, dijo el padre. Ángeles pensó que el comentario sería un halago sin importancia para romper el hielo y entrar en materia.
-Y dónde está mi alumno, preguntó Ángeles.
-En la habitación siguiente, expresó el padre. Antes, déjeme aclararle algo señorita Ángeles. Mi hijo es un ser muy especial. Usted me entiende. A él le encanta leer…
- Pero usted me dijo…
- Sí, ya se lo que dije, pero como le decía, él es un muchacho muy especial y no comparte mucho con los demás. Se me ocurrió que quizás, si comparte con alguien que sepa de lecturas varias y además que sea una mujer, aprenderá a perderle el miedo a las damas.
-¿Me ha contratado para lidiar con un muchacho especial? Lo siento señor, yo no tengo experiencia en ese tipo de alumnos. Le puedo recomendar a una amiga…
- ¿A la Maestra Eugenia? No fue precisamente una mujer agradable para mi hijo.
Sin más preámbulo, el padre llevó a Ángeles a la habitación. Y ahí estaba sentado el joven en la mesa, leyendo impávido un libro de Fernando Savater. No solo sabía leer, sino que además comprendía textos que a Ángeles les llevaron tiempo y mucha relectura. Antes de irse, el padre dijo: te presento a tu maestra, demuéstrale lo bueno que eres muchacho. Le sonrío a Ángeles con un gesto comprensivo y los dejó encerrados a ambos en aquella pequeña biblioteca dorada.
El padre la recibió con una sonrisa amable. La casa era toda una calidez, muebles y decoración antigua. Un pasillo impecable con retratos y cuadros paisajísticos. El aroma de la habitación anterior le hizo traer a su mente un pensamiento sensual de manera instantánea.
-Eres tal como te necesitábamos, dijo el padre. Ángeles pensó que el comentario sería un halago sin importancia para romper el hielo y entrar en materia.
-Y dónde está mi alumno, preguntó Ángeles.
-En la habitación siguiente, expresó el padre. Antes, déjeme aclararle algo señorita Ángeles. Mi hijo es un ser muy especial. Usted me entiende. A él le encanta leer…
- Pero usted me dijo…
- Sí, ya se lo que dije, pero como le decía, él es un muchacho muy especial y no comparte mucho con los demás. Se me ocurrió que quizás, si comparte con alguien que sepa de lecturas varias y además que sea una mujer, aprenderá a perderle el miedo a las damas.
-¿Me ha contratado para lidiar con un muchacho especial? Lo siento señor, yo no tengo experiencia en ese tipo de alumnos. Le puedo recomendar a una amiga…
- ¿A la Maestra Eugenia? No fue precisamente una mujer agradable para mi hijo.
Sin más preámbulo, el padre llevó a Ángeles a la habitación. Y ahí estaba sentado el joven en la mesa, leyendo impávido un libro de Fernando Savater. No solo sabía leer, sino que además comprendía textos que a Ángeles les llevaron tiempo y mucha relectura. Antes de irse, el padre dijo: te presento a tu maestra, demuéstrale lo bueno que eres muchacho. Le sonrío a Ángeles con un gesto comprensivo y los dejó encerrados a ambos en aquella pequeña biblioteca dorada.
El muchacho continuaba de espaldas sin apenas atender a la nueva visita. Tenía un gesto de asco en su rostro cuando alzo la vista para darse cuenta de que Ángeles estaba frente a él, tragándose su olor, ese aroma a muchacho único.
El joven le indicó con la mirada que se sentara en el sillón café que estaba detrás de él. Ángeles, sin pronunciar palabra obedeció sintiéndose algo estúpida pues no estaba ahí para recibir órdenes.
El chico especial de unos veinticinco años se levantó de la silla y la miró con gesto preocupado. No quiero leer más, dijo. No quiero leer más nada en mi vida. ¡Váyase! Pero Ángeles, aprovechando lo inusual del momento preguntó: ¿Por qué hueles así?
- A qué se refiere, preguntó el muchacho.
- Tu olor, viene de tu cabello o de tu pecho, no estoy muy segura, respondió ella.
El joven seguía de pie y apretaba las manos, volteaba la cara y miraba a Ángeles de soslayo. Fue un momento tenso entre un minuto de silencio y un balbuceado: “No me crea. No se vaya, quédese por favor. Si quiere le ofrezco una bebida”.
-¿Por qué hueles así?, insistió Ángeles.
- No sé de qué habla ,¿huelo mal?
- No, todo lo contrario. Pásame ese libro que tienes ahí. Déjame verlo. Sí, el de Savater.
El joven tomó el libro y estiró la mano para dárselo, Ángeles le agarró del brazo y lo atrajo hacia ella. Besó su vientre mientras lo miraba a los ojos. Puso su boca en su ombligo y sus manos en las nalgas de él. Cuándo le bajó el pantalón, el joven se estremeció con un gesto doloroso en su rostro. Ángeles no sabía lo que hacía, pero se sentía más viva que nunca y dejó que la vida misma la guiara hacia la fuente de ese aroma a muerte que la sofocaba, ese aroma a imprudencia, ese aroma a aceite de almendras, ese aroma de habitación enrarecida por lo anónimo y ese aroma a mariscos.
Ángeles se le abrió de piernas en el sillón y todos los cielos perfumados penetraron en ella. Después de unos veinticinco deliciosos embistes contra su cuerpo, el muchacho introvertido se detuvo de manera drástica, la empujó con un aire repulsivo y le dio un fuerte manotazo en la cara. Ángeles se arrunchó en el sillón con los ojos cerrados a la fuerza, sintiendo lástima de ella misma y el orgasmo que venía se le convirtió en vergüenza.
Todo estaba oscuro dentro de sí, la implosión de su éxtasis frustrado se transformó en un agujero negro y de ese hueco saturado por la rabia, sobrevino una histeria épica. Abrió los ojos y con su mirada golpeó la cobardía del joven que quedó inmóvil junto a la pared. Se levantó del sillón y enloqueció en la habitación dorada. Tiró todos los libros de los stands de la biblioteca, arrancó las hojas del libro de Savater, partió en la pared la silla donde lo encontró sentado, arrancó las hojas de los prólogos, las hojas del inicio de las historias y las hojas del final. Mordió un pedazo de la portada de un libro de literatura erótica y luego lo escupió. Destruyó las fotocopias, pateó la pantalla del computador, la lamparita que iluminaba las esmeradas lecturas trasnochadas del joven, voló por la ventana y todo el desastre de objetos inútiles tirados en el suelo, se los arrojó en la cara al joven.
Solo después de gritar y llorar de amargura, le devolvió el manotazo en la cara lindita del muchacho tímido, quien se mantuvo petrificado todo el tiempo como un muñeco de hielo al presenciar tanta locura.
A Ángeles le flaquearon las piernas y cayó en el piso. Pensaba que nunca había sido tan atrevida y que la primera vez en su vida que se le ocurrió hacer algo extraordinario, resultó ser un fracaso. Un humillante fiasco.
El padre entró en la biblioteca, observó con confusión aquel desastre y vio a Ángeles echada en el suelo. Miró con ojos interrogantes a su hijo y este no hizo más que tragar saliva y bajar la mirada. Ella se levantó tranquila, compuso su falda larga y arregló su peinado alto frente al espejo. Se dio cuenta que también le faltó estrellarlo contra el piso. Sacó un pintalabios rojo de su bolso y se lo aplicó. Miró al padre del muchacho, le sonrió con los ojos y salió de la biblioteca en silencio, casi con dignidad.
Ahora la habitación
olía a Ángeles, a su salvaje frustración. Cuando estaba en la antesala justo en
frente de la puerta, se dio cuenta de que toda la casa le pertenecía porque su
aroma se convirtió en el anfitrión de aquellas fragancias envolventes; y llegó
a preguntarse por el número mujeres que aquel alumno patético había despojado
de sus perfumes.
Mientras tanto en la biblioteca, el padre esperaba que su hijo expresara algo.
- Ahora voy a tener que salir a comprar más libros, expresó el joven.
Al padre se le salieron las lágrimas y corrió a agradecer el buen trabajo de Ángeles quien aún estaba detenida frente a la puerta despidiéndose de su propio aroma. – Gracias Señorita Ángeles- expresaba el padre, sacando con la mano temblorosa una faja de dinero que ni siquiera contó. -Gracias a todos los ángeles de los remotos cielos inexistentes de Dios. Gracias a usted mi hijo ha tomado la decisión de salir al salvaje mundo que hay detrás de esa puerta. Ángeles guardó su dinero algo desconcertada y caminando a casa sintió lástima por ambos y por todas esas historias rotas que jamás alcanzarían a reconstruir.
Mientras tanto en la biblioteca, el padre esperaba que su hijo expresara algo.
- Ahora voy a tener que salir a comprar más libros, expresó el joven.
Al padre se le salieron las lágrimas y corrió a agradecer el buen trabajo de Ángeles quien aún estaba detenida frente a la puerta despidiéndose de su propio aroma. – Gracias Señorita Ángeles- expresaba el padre, sacando con la mano temblorosa una faja de dinero que ni siquiera contó. -Gracias a todos los ángeles de los remotos cielos inexistentes de Dios. Gracias a usted mi hijo ha tomado la decisión de salir al salvaje mundo que hay detrás de esa puerta. Ángeles guardó su dinero algo desconcertada y caminando a casa sintió lástima por ambos y por todas esas historias rotas que jamás alcanzarían a reconstruir.

































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